Por fin llega el nuevo disco del grupo de rock extremeño El gitano, la cabra y la trompeta, será para principios de junio y con el nuevo trabajo discográfico llega la nueva web: http://www.elgitanolacabraylatrompeta.org
Esperamos sea de su agrado!!!!
jueves 7 de mayo de 2009
jueves 12 de febrero de 2009
NUEVA EMPRESA EXTREMEÑA
Tras muchos años de preparación anímica y profesional, el músico y productor extremeño Juanjo Frontela, por fin se ha animado a crear su propia empresa: La Tomatera Producciones Artísticas.
Un nuevo concepto de empresa... habrá que seguir sus pasos.
http://www.latomatera.es
info@latomatera.es
Un nuevo concepto de empresa... habrá que seguir sus pasos.
http://www.latomatera.es
info@latomatera.es
viernes 26 de septiembre de 2008
Nueva web de Denuedo Servicios Culturales
La empresa extremeña Denuedo Servicios Culturales ha cambiado su imagen corporativa y con ello su web. Estamos ante su imagen definitiva, con sólo 4 meses de existencia esta empresa está afrontando alguno de los proyectos culturales más importantes de la región, sin duda con sus tres grandes bazas: IMAGINACIÓN, CREATIVIDAD Y VALENTÍA. Con ilusión y esfuerzo, se están convirtiendo en un referente empresarial en su sector.
http://www.denuedo.es
http://www.denuedo.es
miércoles 7 de mayo de 2008
nueva empresa
http://www.denuedo.es
Por fin ve la luz Denuedo Servicios Culturales, empresa dedicada a la gestión integral de proyectos culturales.
Por fin ve la luz Denuedo Servicios Culturales, empresa dedicada a la gestión integral de proyectos culturales.
sábado 24 de febrero de 2007
ExtremaduraCultural.com
Os presentamos el nuevo blog de ExtremaduraCultural.com, un lugar de encuentro, un rincón donde poder discutir y comentar nuestros distintos artículos de opinión, el resto de trabajos léelos en www.extremaduracultural.com
VACÍO. Pedro Ortiz.
Solenole Royal paseaba su cuerpo ingrávido por entre las nubes, dejando que el aire fresco moviera sus cabellos perennes, sus rizos helicoidales imperfectos, sus memorias y sus miserias. Volaba por encima del mundo. Miraba a él y al universo, se daba la vuelta a sí misma para ver caras distintas de la misma cosa. Sin rumbo se dejaba inundar de nubes blancas y oscuras, de humedad y sequedad. Los pájaros volaban a veces con ella, piaban, se movían a un lado y otro, se disponían en posiciones distintas… millones de pájaros pudo ver en su viaje.
Solenole Royal estaba disfrutando de su ser. Se paraba en mitad del vacío, sonreía plenamente, se miraba su cuerpo desnudo, se tocaba, se acariciaba, sonreía con plenitud y, dando un bandazo, saltaba hacia la tierra en forma de círculo y seguía su marcha sin rumbo.
Pasaba entre los hielos árticos, entre el cielo azul límpido y puro, paisajes inhóspitos. Le estremecía la absoluta soledad en que se encontraba. Sentía la angustia en los músculos de su cuerpo, sentía como actuaba y pasaba dejando paz el cuerpo. Respiraba esa soledad. Respiraba el polvo del hielo que se levantaba. El ruido volvía a estremecerle. Paz.
Subió alto, altísimo. Subió más allá de la atmósfera, más allá de los planetas, de la luz del sol, de todo; subió con ímpetu y velocidad. Se dio cuenta de que avanzaba para nada, no tenía sentido, no había razones para hacerlo o, cuanto menos, para seguir haciéndolo. Se dejó llevar por la inercia mientras un leve rozamiento iba parando la gran velocidad que había alcanzado.
Allí, en el más profundo de los vacíos, en la más absoluta de las lejanías, miró a su alrededor y se volvió a sentir sola. No sabía donde estaba, se angustió buscando entre puntos luminosos muy lejanos, había perdido el rumbo y estaba muy lejana de la tierra… ¿Qué sería de ella allí?¿donde estaba su casa, su padre, su madre, su amiga Julianna, su novio Joan, sus estudios y proyectos de ser enfermera, de ser una gran profesional…? El vacío no respondía. Se angustió más. Voló en muchas direcciones buscando la tierra, encontró planetas magníficos que apenas pudo apreciar, no era el momento, no podía atender a la belleza, ella quería volver…
- ya habrá tiempo de disfrutar con nuevos viajes, ¿o no? No sé, no quiero volver a perderme ¿Qué soy yo sin los míos? ¿que soy sin mi casa, sin mi gente, sin mi planeta? Soy un punto en el infinito, soy nada.
Angustiada, cayó rendida sobre el lecho de un planeta remoto. Cerró los ojos y durmió soñando de inmediato. Soñaba que estaba en la tierra. Andaba y no podía volar, caminaba lentamente, subía una montaña. No sabía bien porqué. Pero debía de subir, algo le llamaba, era una necesidad superior. También estaba en soledad, no había nadie. Era un paisaje remoto, con muy poca vegetación, manchas de nieve, piedras y tierra marrón clara. Seguía subiendo. El pico de la montaña estaba cubierto totalmente de nieve. No se veía nada ni nadie. Agotada, se sentó en una piedra y fue entonces cuando vio una casa de madera austera y solitaria. Se dirigió hacia ella.
Sintió que debía entrar sin llamar. Lo hizo. Había un hombre con pelo largo y barba, ambas bien limpias y cortadas. Estaba sentado en el suelo y le miraba bondadosamente. Ella le preguntó de forma directa:
- estoy sola y perdida, ¿Qué debo hacer para encontrar a mi familia y mi casa? Tengo miedo- decía con lágrimas en los ojos- quiero volver a verlos, no volveré a volar- dijo mientras rompía a llorar…
- las mejores semillas son las que también crecen en terrenos áridos, de ellas no se sabe su procedencia, a nadie le importa, de ellas solo se espera que crezca y consagre así el milagro de la vida. La angustia es la razón de la lucha. Una vez que seas consciente de esto, no luches y reniega del sufrimiento. Vive. Por cierto, la única diferencia entre el todo y la nada es la que existe entre abrir y cerrar lo ojos.
Solenole Royal estaba disfrutando de su ser. Se paraba en mitad del vacío, sonreía plenamente, se miraba su cuerpo desnudo, se tocaba, se acariciaba, sonreía con plenitud y, dando un bandazo, saltaba hacia la tierra en forma de círculo y seguía su marcha sin rumbo.
Pasaba entre los hielos árticos, entre el cielo azul límpido y puro, paisajes inhóspitos. Le estremecía la absoluta soledad en que se encontraba. Sentía la angustia en los músculos de su cuerpo, sentía como actuaba y pasaba dejando paz el cuerpo. Respiraba esa soledad. Respiraba el polvo del hielo que se levantaba. El ruido volvía a estremecerle. Paz.
Subió alto, altísimo. Subió más allá de la atmósfera, más allá de los planetas, de la luz del sol, de todo; subió con ímpetu y velocidad. Se dio cuenta de que avanzaba para nada, no tenía sentido, no había razones para hacerlo o, cuanto menos, para seguir haciéndolo. Se dejó llevar por la inercia mientras un leve rozamiento iba parando la gran velocidad que había alcanzado.
Allí, en el más profundo de los vacíos, en la más absoluta de las lejanías, miró a su alrededor y se volvió a sentir sola. No sabía donde estaba, se angustió buscando entre puntos luminosos muy lejanos, había perdido el rumbo y estaba muy lejana de la tierra… ¿Qué sería de ella allí?¿donde estaba su casa, su padre, su madre, su amiga Julianna, su novio Joan, sus estudios y proyectos de ser enfermera, de ser una gran profesional…? El vacío no respondía. Se angustió más. Voló en muchas direcciones buscando la tierra, encontró planetas magníficos que apenas pudo apreciar, no era el momento, no podía atender a la belleza, ella quería volver…
- ya habrá tiempo de disfrutar con nuevos viajes, ¿o no? No sé, no quiero volver a perderme ¿Qué soy yo sin los míos? ¿que soy sin mi casa, sin mi gente, sin mi planeta? Soy un punto en el infinito, soy nada.
Angustiada, cayó rendida sobre el lecho de un planeta remoto. Cerró los ojos y durmió soñando de inmediato. Soñaba que estaba en la tierra. Andaba y no podía volar, caminaba lentamente, subía una montaña. No sabía bien porqué. Pero debía de subir, algo le llamaba, era una necesidad superior. También estaba en soledad, no había nadie. Era un paisaje remoto, con muy poca vegetación, manchas de nieve, piedras y tierra marrón clara. Seguía subiendo. El pico de la montaña estaba cubierto totalmente de nieve. No se veía nada ni nadie. Agotada, se sentó en una piedra y fue entonces cuando vio una casa de madera austera y solitaria. Se dirigió hacia ella.
Sintió que debía entrar sin llamar. Lo hizo. Había un hombre con pelo largo y barba, ambas bien limpias y cortadas. Estaba sentado en el suelo y le miraba bondadosamente. Ella le preguntó de forma directa:
- estoy sola y perdida, ¿Qué debo hacer para encontrar a mi familia y mi casa? Tengo miedo- decía con lágrimas en los ojos- quiero volver a verlos, no volveré a volar- dijo mientras rompía a llorar…
- las mejores semillas son las que también crecen en terrenos áridos, de ellas no se sabe su procedencia, a nadie le importa, de ellas solo se espera que crezca y consagre así el milagro de la vida. La angustia es la razón de la lucha. Una vez que seas consciente de esto, no luches y reniega del sufrimiento. Vive. Por cierto, la única diferencia entre el todo y la nada es la que existe entre abrir y cerrar lo ojos.
ENTREGADOS POR ENTREGAS. Juan J. Parra.
Entre las muchas manías y rarezas que un servidor va adquiriendo con la edad, no es la menos extraña la de no ver la televisión casi nunca. Les contaría por qué no lo hago pero creo que, si ustedes sí lo hacen, no hace falta explicación alguna. Conviene, en cualquier caso, no desesperarse y albergar la incierta esperanza de que algún día toda esta de-pendencia mediática (horror de palabra) cambie.
Pero del mismo modo que toda regla tiene su excepción, toda sana costumbre tiene su debilidad, y así, he de confesarles que en ocasiones he sucumbido a la contemplación de esos anuncios publicitarios de los que se alimenta ese perverso invento que llamamos televisión. Y tras unas breves y estomagantes sesiones de telesillón he llegado a la conclusión, tal vez precipitada, de que los ases del marketing entienden que a los españoles lo que nos gusta es coleccionar un montón de cosas de dudosa utilidad, efímero entretenimiento y, sobre todo, reducido tamaño.
Tradicionalmente la oferta ha sido tan variadita como caprichosa. Hemos tenido a nuestra disposición colecciones de armas antiguas, de perfumes, de casas rústicas, de muñecas de porcelana, de coches, camiones, aviones, soldaditos de plomo, máscaras, dedales… y ¡cómo no! cursos de idiomas! Pero si hasta nos han ofrecido, que ya es el colmo de la mayor de las osadías mercantilistas, los personajes de Marcelino Pan y Vino!; todas ellas, eso sí, en miniatura: el deseo travestido de pasatiempo en pequeñito y a plazos.
Esta fórmula de coleccionismo por entregas tiene sin duda mucho éxito y basa su rentabilidad en los márgenes de confianza que depositan los vendedores en los compradores; y aquí es donde acaba uno por despistarse del todo porque, obviando el factor genético que impide a los españoles aprender idiomas con o sin entregas, tampoco creo que estemos especialmente dotados para habituarnos a la compra de semejantes artículos durante tantas semanas, pues ello exige una disciplina, un interés y una memoria que siempre entorpecen la fundamental tarea de dedicarnos a cosas más importantes en lugar de a hábitos consumistas que acaban por convertirnos en esclavos de un consumo que iniciamos sin previa reflexión; conclusión a la que llegamos, al parecer, a las pocas entregas del artículo en cuestión, suficiente en cualquier caso para hacer rentables estas ventas y frustrante nuestra condición de compradores compulsivos.
La cuestión del buen gusto es cosa aparte. Hace falta tener un gusto "muy especial" para llenar una estantería de pequeñas máscaras a sabiendas de que ninguna de ellas, para colmo, servirá al fin para el cuál están destinadas; es decir, para que nadie reconozca al comprador. Sin embargo, en la variedad está el disgusto. Hay miniaturas para ellas: casitas, dedales, muñecas, perfumes…y para ellos: armas, soldados, coches y camiones. Los mercaderes siguen teniendo en estos tiempos esa disposición de ánimo que les lleva a dar a cada sexo lo que se merece.
En definitiva, este tipo de venta por televisión parece que va en aumento. Si la fórmula funciona, pronto podremos disfrutar de una amplia oferta en la que no deberían faltar, por dos miserables euros, unas entregas de paciencia, la que con toda probabilidad nos faltará para acabar la colección.
Pero del mismo modo que toda regla tiene su excepción, toda sana costumbre tiene su debilidad, y así, he de confesarles que en ocasiones he sucumbido a la contemplación de esos anuncios publicitarios de los que se alimenta ese perverso invento que llamamos televisión. Y tras unas breves y estomagantes sesiones de telesillón he llegado a la conclusión, tal vez precipitada, de que los ases del marketing entienden que a los españoles lo que nos gusta es coleccionar un montón de cosas de dudosa utilidad, efímero entretenimiento y, sobre todo, reducido tamaño.
Tradicionalmente la oferta ha sido tan variadita como caprichosa. Hemos tenido a nuestra disposición colecciones de armas antiguas, de perfumes, de casas rústicas, de muñecas de porcelana, de coches, camiones, aviones, soldaditos de plomo, máscaras, dedales… y ¡cómo no! cursos de idiomas! Pero si hasta nos han ofrecido, que ya es el colmo de la mayor de las osadías mercantilistas, los personajes de Marcelino Pan y Vino!; todas ellas, eso sí, en miniatura: el deseo travestido de pasatiempo en pequeñito y a plazos.
Esta fórmula de coleccionismo por entregas tiene sin duda mucho éxito y basa su rentabilidad en los márgenes de confianza que depositan los vendedores en los compradores; y aquí es donde acaba uno por despistarse del todo porque, obviando el factor genético que impide a los españoles aprender idiomas con o sin entregas, tampoco creo que estemos especialmente dotados para habituarnos a la compra de semejantes artículos durante tantas semanas, pues ello exige una disciplina, un interés y una memoria que siempre entorpecen la fundamental tarea de dedicarnos a cosas más importantes en lugar de a hábitos consumistas que acaban por convertirnos en esclavos de un consumo que iniciamos sin previa reflexión; conclusión a la que llegamos, al parecer, a las pocas entregas del artículo en cuestión, suficiente en cualquier caso para hacer rentables estas ventas y frustrante nuestra condición de compradores compulsivos.
La cuestión del buen gusto es cosa aparte. Hace falta tener un gusto "muy especial" para llenar una estantería de pequeñas máscaras a sabiendas de que ninguna de ellas, para colmo, servirá al fin para el cuál están destinadas; es decir, para que nadie reconozca al comprador. Sin embargo, en la variedad está el disgusto. Hay miniaturas para ellas: casitas, dedales, muñecas, perfumes…y para ellos: armas, soldados, coches y camiones. Los mercaderes siguen teniendo en estos tiempos esa disposición de ánimo que les lleva a dar a cada sexo lo que se merece.
En definitiva, este tipo de venta por televisión parece que va en aumento. Si la fórmula funciona, pronto podremos disfrutar de una amplia oferta en la que no deberían faltar, por dos miserables euros, unas entregas de paciencia, la que con toda probabilidad nos faltará para acabar la colección.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)